
Para ella sólo existían dos tipos de hombres: los que no la merecían, y aquellos a los que no podía alcanzar.
Se pasó la vida rechazando y dañando a hombres que, a su parecer, no le llegaban ni a la suela del zapato. Mientras que entre uno y otro se dejaba torear por quienes más deseaba tener: los que pensaba que eran demasiado para ella.
Los primeros sufrieron su orgullo y su perfil más altivo. Les hizo todo aquello que la destrozaba cuando ella era la víctima, y jugó con ellos hasta aburrirse con todos y cada uno ¿Qué más daba?: No eran nada para ella. Fue tan cruel, que poco a poco y a pulso, se ganó uno de los calificativos más usados contra las mujeres: con todas las letras, era una zorra.
Los segundos la eclipsaban de tal manera desde su punto de vista, que a su lado se sentía un gorrión. Pequeña, marrón, insignificante, una más. Les seguía allá donde iban, hacía todo lo que le decían, si les faltaba el aire iba corriendo a llevárselo. Mostraba tanto servilismo y tan poca personalidad, que tanto los buenos como los malos terminaron abandonándola, ignorándola, engañándola, apaleándola. A algunos de estos hombres, ni siquiera se atrevió a acercarse jamás. ¿Para qué? No era suficiente para ellos
Ahora, cuando se mira en el espejo, y mientras se desmaquilla pasando el algodón lentamente por todas las arrugas que los años han hecho aparecer en su cara, ve una mujer desconocida. Se pregunta dónde ha quedado su vida, y cómo será el amor, y llora en soledad cuando se da cuenta de lo que ha sido y lo que siempre será: una zorra apaleada
Se pasó la vida rechazando y dañando a hombres que, a su parecer, no le llegaban ni a la suela del zapato. Mientras que entre uno y otro se dejaba torear por quienes más deseaba tener: los que pensaba que eran demasiado para ella.
Los primeros sufrieron su orgullo y su perfil más altivo. Les hizo todo aquello que la destrozaba cuando ella era la víctima, y jugó con ellos hasta aburrirse con todos y cada uno ¿Qué más daba?: No eran nada para ella. Fue tan cruel, que poco a poco y a pulso, se ganó uno de los calificativos más usados contra las mujeres: con todas las letras, era una zorra.
Los segundos la eclipsaban de tal manera desde su punto de vista, que a su lado se sentía un gorrión. Pequeña, marrón, insignificante, una más. Les seguía allá donde iban, hacía todo lo que le decían, si les faltaba el aire iba corriendo a llevárselo. Mostraba tanto servilismo y tan poca personalidad, que tanto los buenos como los malos terminaron abandonándola, ignorándola, engañándola, apaleándola. A algunos de estos hombres, ni siquiera se atrevió a acercarse jamás. ¿Para qué? No era suficiente para ellos
Ahora, cuando se mira en el espejo, y mientras se desmaquilla pasando el algodón lentamente por todas las arrugas que los años han hecho aparecer en su cara, ve una mujer desconocida. Se pregunta dónde ha quedado su vida, y cómo será el amor, y llora en soledad cuando se da cuenta de lo que ha sido y lo que siempre será: una zorra apaleada



